La Recuperación. Ese largo camino

Fotografía © Elena Figoli

¿Qué es la recuperación? Según el Diccionario de María Moliner (2007), una de las acepciones es: “Volver a tener algo que se había perdido”. En nuestro caso, es decir, en el de las personas con trastorno mental, ese “algo” es tan distinto en cada uno de nosotros como lo es nuestro dolor.

Lo primero que perdemos es la salud mental, pero con ella, puede ir detrás una parte importante de nuestra vida o, a veces, toda. Y para mí, es clave la distinción entre aceptar el trastorno o resignarte al mismo. La resignación debe abandonarse lo antes posible: el asumirla significa que no crees que vayas a recuperar aquello que has perdido; que tu vida en nada bueno va a parecerse a la que tenías. La resignación va a provocarte autoestigma que, a su vez, te hará padecer una discriminación, en algunos casos, inexistente. No es fácil librarse de ella, no creo que nadie pueda decirlo. En mi caso, mirar a mi alrededor, en un sentido muy amplio, me permitió dejar de considerarme una víctima en un mundo en el que las enfermedades no se cuestionan el sexo, la edad, la fortaleza, las ilusiones,  la esperanza, el amor.

Por tanto, con el primer paso ya hay que procurarse todas aquellas ayudas que nos permitan continuar el camino de la forma más liviana, sabiendo que nos encontraremos con muchos obstáculos. Uno de los apoyos más necesarios es la relación con otras personas. La negación de nuestro trastorno, a la que con asiduidad sucumbimos, podemos superarla si conocemos otras personas que tienen nuestra misma “vivencia”. El relacionarte con otros que, no sólo no lo niegan, sino que, además, hablan de ello con total naturalidad y viven con total normalidad, nos puede convertir en valientes.

En este aspecto, hay que resaltar el extraordinario papel que lleva a cabo, entre otras, nuestra asociación, ActivaMent. En ella se desempeñan tareas que, sin duda alguna, ayudan a muchas personas a entrar en ese esperanzador túnel de la recuperación. Yo me hice socia en un momento en el que ya tenía aquello que algún día perdí, pero es para mí una experiencia muy positiva el poder ayudar a mis compañeros, sea cual sea su situación.

Igual de importante es relacionarse con personas que no tengan un trastorno mental. Debe ser una relación lo más agradable para todos: ellos deben poner de su parte, pero nosotros también. Al igual que nuestro camino debemos hacerlo paso a paso, también la gente de nuestro entorno necesita su tiempo: tiempo para asimilar que en sus vidas ha entrado el trastorno, para conocer cuál debe de ser su comportamiento y para que sea cual sea el tipo de relación, impere el respeto. En mi caso, para llegar al momento de la aceptación de mi trastorno, jugó un papel clave la relación con mi familia y amigos. El hecho de que aquéllos quisieran protegerme,  al principio, me generaba rebeldía. Pero no tardé mucho en descubrir que no había motivo, que no se trataba de sumisión. Simplemente, conforme iba avanzando en el proceso de recuperación, ellos iban soltando riendas para que las tomase yo.

La relación con mis amigos también ha tenido un gran valor. El miedo inicial a confesar mi diagnóstico fue, poco a poco, perdiéndose al comprobar que ellos seguían queriéndome igual que antes de saberlo. Y sí, hubieron algunas personas que se apartaron de mí: está claro, no eran amigos míos, así que mejor saberlo.

En la actualidad, tengo con ellos lo que yo califico una divina amistad: todos tienen conocimientos sobre los síntomas previos a un episodio de euforia o de depresión; todos saben qué hacer si se presenta una crisis. Pero esto funciona de una forma muy natural: prácticamente no hablamos de mi trastorno, pero no por nada, sino porque existen cientos de temas distintos. Además, la vida de mis amigos también me interesa.

Mi experiencia personal es que no sólo he vuelto a tener aquello que había perdido, sino que, por mi trastorno, he adquirido valores importantes, mayor solidaridad, altruismo y algo de lo que estoy muy orgullosa: el haber superado todas las crisis y el saber que puedo volver a hacerlo.

Montse Baró