Il·lustració © Sergi Balfegó

Ilustración © Sergi Balfegó

Cuando yo empecé con los problemas mentales, las cosas eran muy diferentes. El tratamiento que recibíamos era diferente. Por poneros un ejemplo: el médico que tuve primero no me explicó nada de lo que pasaba con mis problemas. Y no me explicó absolutamente nada de la medicación. Estoy convencido de que el médico no tenía ni idea de lo que me pasaba. Él me recetaba los medicamentos que tenía en su pequeño arsenal y en paz.

Él no tenía soluciones y ponía cara de saber mucho. Los tratamientos farmacológicos eran desastrosos. Si todavía ahora no saben lo que es esto de la esquizofrenia, imaginad hace treinta y cinco años.

Y el estigma era galopante. Todo el mundo escondiendo que yo tenía problemas mentales. Y al que le decía que yo tenía lo que entonces se llamaba “psicosis endógena”, me miraba como si fuera un bicho que acababa de llegar de Marte. El médico me oía hablar durante una hora y con mucha autoridad me recetaba unas cosas que él no sabía que hacían.

Y si me oía hablar durante tanto rato era porque era de pago. Cuando fui a la sanidad pública, asqueado de que aquel hombre me chupara la sangre, me encontré con que los médicos me oían diez minutos y me recetaban lo mismo.

En aquel entonces, me parece que no existían ni asociaciones de familiares. Después aparecieron, pero tardé mucho en conocerlas. Y de asociaciones de las mismas personas implicadas no había ni rastro.

En el servicio militar tuve un brote y, rápidamente, se dieron cuenta que yo no he nacido para militar. Me dieron el mismo haloperidol y las mismas porquerías que me daba el médico de pago y desde Madrid me facturaron a Barcelona con la blanca, que quiere decir que se ha acabado el ejército para ti.

Después fui a un hospital de día (un lugar donde recibes un tratamiento intensivo y donde pasas unas ocho horas diarias) y aquello era deprimente. Y seguías sin saber qué pasaba.

¿Y qué os diré del autoestigma? Para mí, sufrir psicosis me parecía ser un tipo de psicópata. Evitaba las relaciones sociales y vivía aislado, muerto de vergüenza.

Pasaron los años y hasta que no fui a un centro de día (un lugar donde vas unas horas al día y donde haces diferentes terapias y se encuentra gente que no necesita un tratamiento tan intensivo como en un hospital de día), no comencé a saber lo que se sabía sobre la esquizofrenia y lo que hacía la medicación. Conocí el movimiento pro salud mental de familiares y usuarios. Y cómo la salud mental era el hermano pobre del sistema de salud.

Ahora las cosas han evolucionado. Ahora hay clubes sociales y asociaciones. Y la gente comienza a coordinarse. Hay una cierta campaña contra el estigma.

Sufrir una esquizofrenia ha sido una experiencia muy empobrecedora, pero yo creo que las cosas han mejorado. La medicación ha mejorado y ahora puedes saber lo que hace. Y poco a poco las personas con problemas mentales adquirimos protagonismo en nuestros propios asuntos.

Pero queda mucho por hacer.

Fèlix Rozey