Fotografia © Elena Figoli

Fotografía © Elena Figoli

¿Qué me está pasando? Lo más profundo de mi conciencia se lo pregunta. En algún sitio de mi cabeza, sé que me está pasando algo. Y aunque oigo cómo se lo pregunta, esa parte de la mente está escondida, la tengo encerrada, quiere salir, pero no le hago caso. No le hago caso porque no puede ser, no me puede estar pasando esto a mí. Nadie me ha informado sobre esto y, si me han informado, todos los que prestábamos atención a esa persona hemos girado la cara, hemos mirado hacia otro lado.

No, estas cosas no suceden. Estas cosas no le pueden pasar a cualquiera. Y menos a mí. No tengo la información necesaria. Todos pensamos que si no hablas de estas cosas, a ti no te puede ocurrir. Por eso me dejo llevar.

Y ocurre. Vaya que si ocurre. No importa que seas alto o bajo. No importa que seas delgado o gordo. No importa que seas feo o guapo. No importa la clase social a la que perteneces. La enfermedad te ha elegido a ti y no puedes hacer nada para evitarlo.

Seguramente, habrá algún motivo por el que la enfermedad te ha elegido a ti. Te han echado de un trabajo en el que eras totalmente competente. Tu relación sentimental se ha acabado cuando tú has hecho todo lo posible para que continuara. No importa cuál sea el motivo, lo importante es que sólo lo puedes saber tú. Y lo puedes encontrar.

Pero no puede haber ningún motivo, porque tú eres más fuerte que todo esto. Tú te pensabas que cosas así no te iban a desmoronar. Por eso reniegas de ese motivo. Algún día podrás encontrarlo, algún día podrás darte cuenta de que tú no tuviste ninguna culpa en los hechos que están provocando lo que te está pasando. Algún día, podrás estar en paz contigo mismo. Y ese día puede que sea mañana. Para acabar siendo hoy.

Mientras, me dejo llevar. Me dejo llevar porque estoy volando. Nunca en mi vida había sentido esto y de momento es placentero. Las sensaciones positivas se están disparando. Siento una felicidad inmensa. Siento una motivación extraordinaria. Siento una realización conmigo mismo como nunca la había sentido hasta ahora. Bailo, salto, canto.

Pero pronto, muy pronto, siento los efectos adversos. Y es más lógico de lo que parece. En un brote psicótico todo lo que sube, baja. Pero yo no lo sabía. Pensaba que iba a estar arriba para siempre. Pensaba, con lo placentero que era, que ese iba a ser mi estado natural.

Pero mi cabeza tiene que volver a mi estado natural. Y mi estado natural está en la zona intermedia. Ni frío ni calor. Ni felicidad ni tristeza.

Y empiezo a bajar. Mi cabeza empieza a buscar otra vez esa zona intermedia. Cualquier otro estado anímico me aísla de la realidad. No me deja pensar con claridad. No me deja pensar en lo que será bueno para mí próximamente. Por eso la enfermedad no me deja estar en ella.

Y sigo bajando. ¿Por qué mi estado anímico no se queda en la zona intermedia? Sigo bajando. He visto pasar la zona intermedia y me he preguntado: ¿Por qué no me quedo allí? Sigo bajando. La zona intermedia empieza a quedar lejos, muy lejos. Y me sigo preguntando ¿Por qué?

La respuesta es muy sencilla: todo lo que subí en su momento, ahora lo tengo que bajar, pero a partir de la zona intermedia. Si subí una montaña de quinientos metros a partir de la zona intermedia, ahora tengo que bajar una profundidad de quinientos metros a partir de la zona intermedia.

Espero, por lo menos, que después de estar en lo más profundo que ha conocido mi cabeza, después de comprobar lo que es el peor de los estados anímicos que puedo tener, pueda volver a la zona intermedia.

Pero que va. Mi cabeza se ha convertido en una montaña rusa. Vuelvo a subir. Estoy en la zona intermedia. Pero quiero más. Quiero volver a estar arriba. Quiero volver a sentir aquellas sensaciones que me hicieron sentir que era el mejor. Que podía tocar el cielo con las manos. Que os podía salvar del inevitable destino de la humanidad: su desaparición. Que os podía salvar del apocalipsis.

Pero bueno, ¿ya está bien, no? Alguien, en algún momento de los seis meses que me duró el brote psicótico, me aconsejó que fuera al psiquiatra. No le hice caso. Me decía a mí mismo una de tantas frases hechas que no sirven cuando estás pasando un brote: “El tiempo todo lo cura”.

Cuando atravesaba el brote psicótico, cualquier frase hecha, cualquier consejo, cualquier intento de controlar mi cabeza, era inútil. Y sólo había una solución: el final del brote psicótico. Lo malo es que coincidía con mi final.

Así que hice caso de aquel gran amigo. Fue una persona que apenas conocía. Y fui al psiquiatra. Este consejo me lo dio la segunda vez que hablaba con él. Le conté mis problemas porque fue la única persona que quiso escucharlos.

Y así fue en mi caso. Lo único que tuve que hacer para que cambiara el final del brote psicótico, fue contarle, a la persona adecuada, lo que me estaba pasando. Y aquella persona no falló. De hecho, por esto pienso que siempre habrá personas a las que les contemos nuestros problemas de verdad y que no fallarán. Por eso, para mí, el apocalipsis dejó de ser algo inevitable.

Alfonso Gálvez