Fotografia © Elena Figoli

Fotografía © Elena Figoli

Hoy os voy a hacer una reflexión que tal vez os guste o tal vez no. Le decía el otro día a una amiga por whatsapp: “Mira Flora, ¿sabes qué me pasa?, que no me gustaría curarme del todo, pues ya no sería uno más de vosotros.

Parece una frase más, pero encierra en sí misma una gran complejidad. Sabéis que me diagnosticaron una esquizofrenia paranoide a los 22 años, y que estoy medicándome desde hace más de quince años ininterrumpidamente y cumpliendo a rajatabla. Para poneros un poco al día deciros que mi último ingreso fue en el año 2002. Estuve dos meses sin tener consciencia de mi ser, estaba “ido”. Tuvieron que darme TECS para que mi mente volviera a encontrarse y volver en mí. No reconocía ni a mi esposa, ni a mis amigos, ni a nadie que estuviera en contacto conmigo. De esos meses no he hablado, ni preguntado en demasía, pues no sé a ciencia cierta qué pasó. Ni mi mujer, ni mis amigos quieren dar fe de ese tiempo perdido para mí.

Tampoco me interesa explicarlo demasiado, lo único que os puedo decir es, que no sé si fueron los TECS o la medicación o porqué tenía que ser así. La cuestión es que lo puedo explicar, con el añadido que han pasado 15 años y no he tenido, y toco madera, todavía ninguna recaída. Es más, en la última visita al psiquiatra me bajó la medicación. Disfruto de una evolución fascinante en la que mi mente va mejorando en algunos conceptos, sin obsesiones, sin prisas, devolviéndome una visión y una concepción de la vida más homogénea. Disfruto más de las personas que voy conociendo, sobretodo en ActivaMent: las comprendo, siento como míos sus problemas, su dolor y su rabia, sus incomprensiones, sus incertidumbres, pero a la vez sé colocar una barrera entre ellos y yo para que sus emociones y vivencias no me hagan daño.

Pero, como todo en la vida, nadie puede asegurar que mi esquizofrenia haya remitido, o que tal vez dentro de unos meses, mi cabeza sufra un viaje sin retorno y tenga que empezar de cero otra vez, aprender a andar, aprender a leer o aprender a vivir. “Claro” me diréis vosotros: “en eso no hace falta pensar”, y tenéis razón, pero es más frecuente pensar en ello que no pensar que uno está curado.

Otra cosa me diréis: “Dios mío, ¿curarse… de una enfermedad mental?” Imposible. Va, gente de poca fe, yo quiero pensar que eso es posible, si no en mí, en otras personas. Me gustaría hacer un llamamiento, para todas aquellas personas que creen que han podido curarse de un trastorno mental. Y aquí es donde enlazo con la frase que dije a mi amiga: si yo me curase, si me convirtiera en una persona dentro de los cánones, ya no sería uno de vosotros. Y por vosotros me estoy refiriendo a las personas que se dejan abatir por un diagnóstico, que no luchan, que no se sublevan, que a pesar de ver la luz al final del túnel, no quieren avanzar hacia ella por temor a aquellas personas que permanecen en la zona de confort, en la cual les está todo bien, que creen que nunca saldrán de su ostracismo, que el luchar no va servir de nada.

Creedme, no sé lo que me deparará la vida, pero tenerme siempre en vuestra memoria como un luchador o como a alguien que en su fuero interno y, a pesar de sus contradicciones, ha tenido el coraje para enfrentarse a una esquizofrenia y darle una patada en el culo.

Tengo ya 54 años. No son demasiados, pero si tenemos en cuenta las estadísticas, ya son unos cuantos. Ahora con la vejez pueden acaecer nuevos problemas: Alzheimer o demencia senil, pero ello no será óbice para enfrentarme a ellos como buenamente pueda. Mientras hay vida hay esperanza. También sé por desgracia que hay personas que aunque quisieran, no podrían. Pero no por ellos, no por su fuerza innata, sino por el entorno o la situación en las que les toca vivir, sus amistades o parejas, etc.

Sé que es duro cuando te hacen la vida insoportable en la escuela. Cuando careces de amor familiar por una madre alcohólica, cuando a los 21 años tu amor idealizado y omnipotente te pone los cuernos. Sé que es duro cuando te separas de tu primer matrimonio y es duro tener una hija a la cual no conoces y que ahora cumple 22 años. Es duro tener problemas de alcohol y no reconocerlo hasta que tienes en tus brazos a otro hijo de un segundo matrimonio y entonces dices: “¡Basta! ¿Qué estoy haciendo con mi vida?” Y tomas decisiones: dejar de beber, dejar de fumar, dejar el café que nos vuelve cardíacos, y empezar de nuevo.

Llevando a cuestas el estigma de la sociedad y nadando a contracorriente, sí que es duro… ¿Pero qué hacemos? ¿Nos tiramos al tren? Yo he encontrado una gran maquinista a mi lado: una mujer que nunca me ha tenido lástima, una mujer que sin comprenderme del todo me dijo una vez: “Si enfermas porque tienes que enfermar, estaré a tu lado, pero si enfermas por tu mala cabeza, ya eres mayorcito… yo sintiéndolo mucho te dejaré”. ¿Entendéis ahora mi apego por la vida? Pues mi entorno: esposa, hijo, suegros y amigos, fluye con sinergias positivas. Pero porque yo, a mi manera, veo las cosas de una manera positiva, también.

Bien, no os doy más la lata, pero creedme los que me conocéis y los que no: No escribo esto por escribir. En mi fuero interno me gustaría que estas líneas no se perdieran y que tuvieran una parte de culpa en la recuperación de aquellas personas de las cuales formo parte, y que inconscientemente pretendo dejar de formar parte para que me vean desde una perspectiva diferente. Que digan de mí cuando pase ante ellos: “Mira Josep, tenía una esquizofrenia y hace años que está sin ningún brote, ni nada, haciendo una vida completamente normal” y yo poderles decir, llenándome la boca: “¡A tomar viento, esquizofrenia de las narices!

Josep Franch