Il·lustració © Laura Jareño

Ilustración © Laura Jareño

Llevo días recapacitando y pensando sobre mi primer ingreso psiquiátrico y sobre cuando le pusieron “nombre y apellidos” a mi trastorno. El vacío y la soledad que sentí cuando todo esto ocurrió…

Al principio todo es confusión y caos extremo.

Un primer ingreso es horrible para alguien que no entiende qué le está ocurriendo y que tampoco se encuentra en plenas facultades mentales para entender el por qué te atan a una cama y te pinchan algo, dejándote aislada (yo estuve cuarenta y ocho horas).

Me sentí vejada y maltratada. Reconozco que tengo un trauma a raíz de aquella experiencia. Es algo que tu mente no llega a superar y te sientes culpable por la situación.

Perdí muchas amistades de mi infancia, gente que conocía de toda la vida, por estar “loca” y acabar en un psiquiátrico. Fueron momentos muy oscuros y solitarios.

Del mencionado ingreso al diagnóstico pasó un año. Ingresé voluntariamente en el hospital de día de Terrassa; allí me diagnosticaron trastorno esquizo-afectivo de tipo depresivo y trastorno límite de la personalidad. Recuerdo que, enterarme de todo aquello, fue como una bofetada en la cara de esas que dejan marca; y sentí una soledad absoluta.

Creía que en este camino estaba sola, que nadie me entendería y que yo tenía la culpa por haber caído enferma.

Con los años aprendí otra vez a quererme, me refugié en la escritura, en el arte y en ActivaMent: su grupo de apoyo mutuo y sus múltiples actividades.

He aprendido a luchar por mis derechos. A hacer aquello que me hace feliz. A aportar mi experiencia y mi granito de arena para que, poco a poco, la estigmatización desaparezca de la sociedad y deje de ser una gran lacra. Queda mucho por hacer, y muchos retos y adversidades por superar en este ámbito.

Ahora, como colectivo debemos permanecer unidos. Reivindicar nuestros derechos. Salir al mundo no como “enfermos mentales”, sino como personas con diversidad funcional capaces de emprender nuevos proyectos orientados a enriquecernos y concienciar a la sociedad de que no somos asesinos ni psicópatas, sino gente normal apta y comprometida con los derechos en el ámbito de la salud mental.

Inma Muñez