Il·lustración © Sofía Sampietro

Il·lustración © Sofía Sampietro

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Hoy he ido a comprar. Estaba en la cola para pagar, agobiada y con ansiedad por diferentes motivos y tenía ganas de irme. Al llegar mi turno me han dicho que pasara por otra caja que abrían en ese momento, pero me he equivocado y he puesto las cosas en la caja donde no había nadie. Cuando he levantado la cabeza, la mujer que tenia detrás, en lugar de avisarme, se había adelantado. Puede parecer una tontería, que lo es, pero creo que muestra cómo funciona el mundo.

Actuamos de manera egoísta, a nuestra bola, pensando poco en los demás y mucho en nosotros mismos e incluso parece que hoy en día la ayuda tiene alto precio. No digo que todo el mundo actúe así, por suerte los hay que no lo hacen, pero creo que nuestra sociedad está así creada. Mientras unos viven estupendamente, otros viven como pueden, sobreviven y/o hasta mueren, y el resto solemos mirar hacia otro lado, o porque no nos pasa a nosotros o también porque es cierto que no podemos con todo. Pero es que a veces, no haría falta ni siquiera hacer mucho esfuerzo, solo escuchando y reflexionando ya sería una posibilidad de avance.

En el mundo de la salud mental siento que hay mucho por decir y muy poca gente que quiera escuchar. Muchas personas con diagnóstico psiquiátrico nos encontramos con que pocos familiares, pocos profesionales, y poca gente nos escucha realmente.

No nos engañemos, escuchar no es oír decir que gracias a la pastillita ya no me quiero morir, NO. Escuchar es preocuparse de saber qué me había llevado a sentir la necesidad de terminar con mi vida, qué necesito para no volver a llegar a ese punto, cómo me siento, qué me lleva a sentirme mal, qué pienso de lo que estoy viviendo, cómo es mi día a día, qué medidas estoy tomando aparte de los fármacos, saber si estoy contenta con mi pauta de medicación o si preciso algún cambio, qué creo que necesito para mejorar, qué ayuda me ofrecen… Y sobre todo darle valor a lo que cuento. Pero eso parece que es pedir demasiado.

Siento como que todos saben mejor que yo lo que me pasa, cómo debo actuar y cómo solucionarlo sin ni siquiera escucharme… ¡Y eso es imposible! Por no hablar de que la inmensa mayoría de las veces me prejuzgan.

¿Qué tal si en lugar de criticar que me pueda costar pedir ayuda, nos preocupáramos de saber el porqué me cuesta pedirla?

La ayuda que se nos ofrece, para mí no es ni ayuda. Estar medicada hasta las cejas, no sentir, dejar de ser yo, pasar a sobrevivir en vez de vivir, las TECs (Terapia Electroconvulsiva), la ketamina inyectada contra la depresión, las contenciones mecánicas y las químicas, la privación de libertad y más cosas que he vivido, a mí lejos de ayudarme me han provocado trauma y miedo, mucho miedo a volver a pasar por lo mismo. Y como yo muchas personas también lo han vivido y lo siguen viviendo, es más, ahora parece que hasta está bien utilizar pistolas Tasser como “herramienta terapéutica”… Pero no sólo se mira hacia otro lado sino que incluso se considera que lo merecemos, sin saber nada de nosotros y sin ni siquiera querer escucharnos.

Sólo espero que pronto las cosas cambien y empecéis a entender que nuestras vidas y nuestras vivencias también importan, que tener una vida vivible se queda muy corto como objetivo, y que no somos nosotros quienes estamos enfermos sino la sociedad en la que vivimos.

Alba Urso