Il·lustración © Andrea Gracia

Il·lustración © Andrea Gracia

Tengo cincuenta y un años ya, llevo más de media vida luchando o intentado superarme día a día. El camino desde luego no ha sido nada fácil, ni lo sigue siendo hoy en día, pero sin duda recuerdo momentos muchísimo más difíciles donde la desesperanza era mi única compañera (y no porque estuviera sola), me sentía dentro del mismísimo infierno o casi mejor decir que el infierno estaba dentro de mí.

No puedo recordar momentos más horribles en mi vida que cuando a los veintisiete años fui ingresada en un hospital psiquiátrico, por un brote psicótico. Y después de mi primera salida e intento de recuperación fui despedida de mi trabajo por el simple hecho de haber padecido eso, un brote y un ingreso. Después de ello, caí en una profunda depresión, en el infierno y la desesperanza más absoluta.

Nunca había vivido situación más desgarradora, con dos intentos autolíticos y unos dos o tres ingresos más. No veía presente, no veía futuro, no veía nada, me acababa de casar y mi marido y mis padres siempre estuvieron ahí conmigo como pudieron, porque tampoco sabían bien qué hacer conmigo, ni cómo podían ayudarme. Yo sólo quería desaparecer, dejar de sufrir y dejar de hacer sufrir a los que se preocupaban por mí. Creo que fue por un espacio de un año más o menos, aunque yo lo recuerdo como una eternidad.

Estaba muy sobremedicada, ya que mi apoyo profesional se basó entonces sólo en la medicación, no tuve ayuda de un psicólogo, ni de un centro de día, ni apoyo mutuo, ni nada. Mis días transcurrían, cuando no estaba ingresada, del sofá a la cama y de la cama al sofá, era tal cual un vegetal. Y día tras día fue pasando el tiempo y fui tomando un mínimo de fuerzas para volver a enfrentarme a la búsqueda de un nuevo empleo, que era lo único que tenía en mi mente entonces para poder empezar a retomar mi vida, un trabajo. Aún con muy poco animo comencé a buscar trabajo, aunque yo pensaba que jamás me cogerían porque aún iba muy medicada y se me notaba, pero la verdad es que me equivoqué.

Muy pronto encontré trabajo en una empresa muy pequeña, de contable. Una empresa en la cual el ritmo de trabajo era muy lento comparado con la empresa de donde me echaron, y aún así me costaba concentrarme y sacar la faena adelante, creo que era por la cantidad de medicación, pero poco a poco me fui acostumbrando y a volví a tomar seguridad en mí misma y en mis capacidades, a la vez que me iban reduciendo la medicación.

No puedo decir que en esos momentos me encontrase bien, era como un autómata, no sentía, ni tenía ilusión por nada, pero era capaz de hacer lo mismo que el resto de la sociedad, trabajar, y eso me hacía sentir un poco mejor. Estuve un tiempo en esta empresa y, ¡sorpresa!, pasado un tiempo volvió a aparecer un atisbo de ilusión en mi vida. Recuerdo que cuando volví a sentir como antes fue maravilloso, pues hasta entonces era como un zombi que iba y venía, no sé… muy complejo de explicar y de entender y lo mejor es que la ilusión o ganas de vivir vinieron de nuevo para quedarse durante mucho tiempo.

Después de esto volví a cambiar de trabajo como dos veces, para mejorar, y mi vida volvió a ser prácticamente la misma que fue antes de mi primera crisis, al menos por fuera, por dentro nunca vuelves a ser la misma. Y tuve la ilusión de ser madre, con mucho miedo eso sí. Dejé la medicación con ayuda de mi psiquiatra, y por suerte me quedé embarazada enseguida. Fue un embarazo difícil por mi gran miedo ante la incertidumbre de si yo sería capaz de lidiar con la maternidad y por no poder tomar más medicación en el embarazo, pero lo viví con mucha ilusión y ganas.

Mi niño vino, todo fue genial, con su depresión postparto, pero bueno, ya contaba con ella y la verdad que ese niño me dio una fuerza brutal y una confianza en mí misma de que podía hacer todo lo que me propusiera como cualquier persona “normal” pese a mi diagnóstico. Y así ha sido, he podido disfrutar de muchísimas cosas en esta vida.

Tuve otro hijo, dejé de trabajar, entré en el asociacionismo, conocí a personas que habían pasado por experiencias parecidas. Esto me ayudó mucho a aceptarme aún más a mí misma con mi trastorno y todo lo que conlleva, y me abrió una línea de trabajo en la que aún sigo intentando trasmitir esa esperanza a otras personas que en estos momentos lo están pasando mal. Todo no ha sido tan lineal ni tan fácil. también ha habido momentos malos, cómo no, con bajones fuertes, muy fuertes, algún otro brote y algún mini ingreso. Pero bueno siempre pienso en esos momentos bajos que, si una vez pude salir, lo volveré a conseguir de nuevo, aunque me cueste. Y así ha sido hasta el momento y espero que siempre sea así. El secreto no lo sé, valor y constancia, a veces suerte, y cada uno ha de encontrar sus propias herramientas para seguir adelante e ir superándose día a día. No hacen falta grandes metas, se ha de ser consciente de dónde estás en cada momento y qué peldaño puedes subir, y aunque sea pequeño ese peldaño, siempre valorarlo y seguir a por el siguiente, poco a poco y sin prisa, pero siempre con esperanza de que algo puedo hacer y también depende de mí esa subida.

Ino Moya