Ilustración © Montse Gasol

El suicidio me ha castigado desde joven. Fue a los veinte años cuando viví de cerca la muerte de un compañero por suicidio. Al poco tiempo, otro. Y vinieron un puñado más de casos. Recientemente un compañero de ActivaMent, Xavi, ha seguido los mismos pasos. Al margen de consideraciones estadísticas, de estudios o estudiosos del fenómeno sociológico del suicidio, existe laquello que la canción de Jarabe de Palo denomina “el lado oscuro” y añado: “de la vida”.

Un maestro que tuve me hizo reflexionar sobre la vida pública, la privada y la secreta. Según él, todo el mundo tiene una vida de cara afuera, una vida que la vive en la privacidad de su casa, de su trabajo, o de su familia, y finalmente una vida secreta, que corresponde a cada cual saber cómo es o qué hace con ella. Creo que la vida secreta puede tener que ver con nuestras debilidades, inseguridades, dificultades, problemas personales o salud, sin embargo, la vida comporta a menudo muchos sufrimientos, que a veces se llevan en soledad, y con cargas emocionales y sentimentales enormes.

Cuando hablo del lado oscuro de la vida me refiero a todo lo que nos duele, que no sabemos cómo manejar, y que nos acopia por la gravedad de las circunstancias personales que nos han tocado vivir en esta vida. A menudo, por errores cometidos en el pasado, nuestra actitud no se correspondía con las decisiones tomadas, o con nuestra escala de valores, o los principios de una sociedad bien establecida y bien pensante.

Es al traspasar los límites de aquello considerado razonable, racional, o el sentido común, que nos preguntamos si tenemos buen juicio, o un buen gobierno de nuestra persona y de nuestros actos. Si somos consecuentes con nuestras empresas, quiero decir con las decisiones que afectan a nuestra vida y la de los demás, tenemos que actuar con normalidad, con previsión, o con cordura. Pero es demasiado que se encargue la justicia y las instituciones psiquiátricas de decir quién tiene o no tiene un buen juicio de la realidad, quién tiene o no tiene un buen gobierno de sí mismo, quién actúa con normalidad o de acuerdo con las leyes, o quién actúa de acuerdo con una etiqueta diagnóstica psiquiátrica fuera de los parámetros establecidos y bien entendidos.

En el suicidio hay un componente de autolesión que quiere ser definitivo. El descanso eterno se entiende como el fin de tanto sufrimiento, y de la incomprensión de un sistema que nos aboca al rechazo, a la exclusión y al aislamiento. En una sociedad donde aquello que no encaja con los valores de la sociedad acomodada, es motivo de ser infravalorado y estigmatizado. No te asesinan, ni te fusilan, pero te hacen el camino llano para que te retires a un mundo contemplativo y simbólico, en el que prácticamente respires, comas, hagas las necesidades, y con un poco de esfuerzo consigas hacer alguna actividad para mantener los hábitos o rutinas saludables. Toda actividad fuera de lo que significa tener las necesidades básicas cubiertas es vista como un lujo, y por lo tanto, hace falta un esfuerzo sobrehumano para alcanzar la plena realización personal.

La gente que muere por suicidio tiran tira la toalla o se ven forzados y presionados a lanzarla. “Si el mundo ha de condicionar mi existencia y la pone al servicio del capital, yo renuncio a este juego malvado y perverso del capitalismo neoliberal y salvaje”: Este podría ser un argumento. Nadie quiere estar fuera de juego, y todo el mundo sueña con ser Messi, pero en esta liga juegan muchos equipos y muchos jugadores, y cada cual tiene tan derecho a existir como los demás. Pero si juzgamos a los jugadores de fútbol en comparación a Messi, nos equivocamos y no jugamos en la misma liga.

La igualdad, la justicia social, la reivindicación de los derechos de nuestro colectivo, el compromiso con nuestras obligaciones,… todo esto tendría que guiarnos hacia sociedades utópicas, en las que la empatía, la comprensión o la compasión, pudieran ser principios con los cuales gestionar los problemas personales de estas vidas secretas que todos tenemos, y que tendrían que humanizar la sociedad, que a menudo es demasiado dura con la sensibilidad a flor de piel que tenemos las personas con sufrimiento emocional o diversidad psicosocial, y que en el fondo sólo queremos contribuir a la comunidad como los que más.

Dani Ferrer Teruel