Fotografía © Elena Figoli.

Durante mi largo caminar por el mundo de la salud mental no todo han sido decepciones, malas experiencias y salas de psiquiatría. Diré que no ha sido un camino fácil, sobre todo al principio, cuando te diagnostican algo de lo que muy posiblemente no has oído hablar nunca o no al menos en alguien cercano a ti, además por tu cabeza pasan muchísimos pensamientos como, por ejemplo: por qué a mí, o qué he hecho yo para merecer esto. Bueno, no quiero desviarme demasiado.

Pero, ahora, a mis treinta y seis años, me paro por unos instantes a analizar todo aquello que he aprendido, todo aquello que he superado, es cierto, siempre con ayuda de profesionales, pero si yo no hubiese querido, si yo no me hubiese empeñado en hacerlo, nunca lo hubiese hecho.

He aprendido que queda mucho, muchísimo que luchar para que la salud mental deje de ser un estigma social, esto es así, no hay que negarlo, pero sí podemos juntas hacernos escuchar y que algún día esto cambie.

He aprendido que las personas que te quieren siempre están ahí cuando las necesitas, independientemente de que sepan o no qué hacer para ayudarte, pero ahí están.

Que por mucho que digan unos especialistas en la materia, dígase médicos, psiquiatras, psicólogos, sea quien sea, y, que, muy posiblemente lleven toda una vida dedicada al estudio de la mente humana, ellos también son personas de carne y hueso, personas que sienten y padecen, personas que tendrán días mejores y días peores y días que, aunque no debería ser así, influyan a la hora de tomar decisiones. Y, con esto me refiero a las personas que están, o, más bien, desempeñan el cargo de” jurado médico” y, de ellos depende en muchas ocasiones nuestro futuro “estigma social” o posterior aceptación y crecimiento personal.

También he aprendido que, las limitaciones no existen, es cierto que, puede que, nos resulte más complicado que a una persona sin ningún tipo de diagnóstico mental, pero, amigas, no es por nada, es porque nosotras mismas nos creemos las barreras que ellos nos ponen y nos quieren imponer.

Se puede conseguir cualquier cosa, con paciencia, dedicación y esfuerzo. También, quizá, cabe, como me han hecho ver, y lo agradeceré siempre, forzarse en ocasiones cuando las fuerzas flaquean. No podemos pretender ser ricos tocándonos la lotería si es que, nunca jugamos a ella, pero, por qué no, ¿plantearme llegar a ser independiente o estudiar una carrera? Quien dice estas metas, altísimas, por cierto, dice las metas del día a día, de cada semana, de cada mes, cada pequeña cosa que, poco a poco, nos acerque más a nuestra gran meta, Cada pequeña meta es una gran meta y, como tal hay que celebrarla, queridas amigas. Creo que he aprendido tanto del estigma social que, seguiré luchando con todas mis fuerzas para que, algún día, espero sea más pronto que tarde, las esperanzas nunca se pierden, esto también lo he aprendido, nadie más tenga que sufrir el rechazo de la sociedad por sentir, vivir o padecer las cosas de forma diferente. Pero yo, mi experiencia personal, aunque, diré, dura, no la cambio por lo que he aprendido y crecido como persona.

Vanesa Romero Montesinos