Fotografía © Elena Figoli.

 

Desde los trece años he sufrido problemas con la percepción de mi cuerpo, una percepción distorsionada de cómo es en realidad (dismorfia corporal), lo que me ha llevado a tener episodios de atracones (me sentía literalmente tan vacía, tenía un agujero en mi alma, tanto dolor psíquico y emocional que intentaba llenar ese vacío con la comida, autocastigándome).

Más tarde, como la norma social exigía, empecé a obsesionarme con el ideal de estar delgada y esto me llevo a restringir la comida, saltarme comidas, hacer mucha danza y deporte, etc. Y me “gané” un diagnóstico en trastorno de la conducta alimentaria. Recuerdo que de niña y no tan niña quería ser delgada, delicada, como de cristal… como todas aquellas actrices y cantantes que admiraba tanto por su talento como por su aspecto físico. Recuerdo ver en la televisión anuncios en los que sólo salían chicas y mujeres guapas, pero sobre todo delgadas. En casa, en la escuela, en todo mi entorno se premiaba estar delgada. Y curiosamente esto pasaba sólo con nosotras, con la mujeres.

Por supuesto, a los trece años, cuando empecé con mis problemas alimentarios, me pasaron otras cosas. De hecho, mucho tiempo después en terapia llegué a la conclusión que me maté de hambre porque en alguna parte de mi existía la creencia, con mucho sentido por mi entorno, de que delgada me querrían y aceptarían, que es lo que aprendí de pequeña.

Ahora soy consciente de que mi problema con la comida siempre ha estado ligado al amor (yo recibía el afecto de mi madre a través de la comida) y al vacío (cuando sentía mí cuerpo vacío en las épocas de restricción).

¿Qué pasó para que de pequeña, adolescente y joven mi ideal de delgadez fuera patológico?

Desde mi punto de vista, y más allá de la historia de vida de cada mujer, creo que tenemos en común que como mujeres se nos exige un determinado canon de belleza, un ideal prácticamente imposible para más del 90% de la población femenina. Mientras nos tienen entretenidas en estas cavilaciones, en dietas y demás, piensan que nos tienen “dormidas”. Sería como nuestro opio. No nos educan en la diversidad de los cuerpos, en la diversidad real y rica de cuerpos que existen porque no interesa. Porque este patriarcado nos quiere mudas en muchos aspectos y ¡ay! de las feministas que hablamos de gordofobia o nos revelamos a estos cánones de belleza. Se nos intenta desacreditar con falsos mitos y, como si les importáramos algo, nos vienen a dar lecciones de salud física cuando en realidad poco les importa mientras seamos sumisas con el sistema establecido.

Y por supuesto, los hombres también están sujetos a unos cánones de belleza y sufren gordofobia, y trastornos alimentarios (pero mucho menos que las mujeres). En el caso de los hombres, estos cánones no son tan estrictos. Incluso se puede ser atractivo con unos quilos de más, cosa que no pasa con las mujeres porque a los hombres tradicionalmente se les ha valorado por otras características externas, como tener control y poder, ser competitivos, independientes, ambiciosos, etc., características que poco tienen que ver con el físico.

Hablando de mi experiencia, el camino para aceptar mi distorsión, mi cuerpo y lo que siento por él, para valorarlo, ha sido y sigue siendo largo. Y también lo es el camino para ser crítica con algo que se individualiza y a la vez se culpabiliza a la mujer en forma de diagnóstico psiquiátrico. Para ser crítica con este imaginario social que nos quiere a todas, una vez más, cortadas con el mismo patrón y castiga a las que nos salimos de la norma.

Ahora sé que hay gente que me quiere y aprecia por como soy, por mis pensamientos, mis actitudes, comportamientos, etc. Pero lo más importante es que yo ahora me siento una mujer con un cuerpo perfecto, el mío. Y que es una característica más de cómo soy yo, no lo es todo. No me cosifico como han hecho conmigo, no dejo que mi cuerpo tenga identidad propia o me represente.

Ahora soy más fuerte en general, y valiente, ahora soy yo misma, ahora no me “duele el alma” como le confesé a mi madre a los trece años en la primera depresión. Pero no deja de ser duro ver cómo nos machacan con este maldito ideal de belleza, como cada vez se diagnostican a más niñas de trastornos de la conducta alimentaria, lo que me hace pensar que esta presión social por estar delgada llega cada vez antes, en la infancia.

Ojalá como sociedad encontremos la manera de rebelarnos a este “estatus quo” y entendamos y eduquemos a nuestra infancia en la riqueza de los cuerpos, porque todos son bellos, no hay cuerpos bonitos y otros feos, no se puede decir lo mismo de la forma de pensar.

Cómo leí hace poco en redes sociales y creo que la autoría era anónima: “Tanta gente preocupada por su cuerpo y tan poca por su manera de pensar.”

Mònica Civill Quintana