Ilustración © Montse Gasol

Desde que fui diagnosticada hace unos años una de las cosas que suelo anhelar, a veces, es aquella cosa llamada “estabilidad emocional”. Creo que desde que era pequeña he vivido con una intensidad emocional muy grande. Recuerdo de pequeña sentir ganas y una culpabilidad enormes hasta ganas de morirme, cuando sentía que defraudaba a mis padres. Con el paso de los años, ya siendo adolescente, me creía alguien “especial” y “diferente” por vivir la vida de esa manera, aunque por entonces quizás me consideraba más una bohemia o una adolescente que se estaba empezando a trastornar. Cuando recibí mis diagnósticos por primera vez la idea de ser “estable” o de tenerlo todo bajo control, después de atravesar una depresión donde lo perdí casi todo totalmente, fue creciendo cada vez más.

En una de mis crisis, una de esas que te hacen salir en mitad de clase porque las cosas empiezan a darte vueltas y sientes que te vas a caer porque todo pesa demasiado, que incluso tú misma pesas tanto que ya no puedes tenerte en pie, empecé a pensar en lo contraproducente que era negarme mi manera de sentir y de vivir las cosas. Algo hizo un click en mí y fue cuando empecé a creer que había otra manera de dejar fluir mis emociones, de cuidarlas y entenderlas. Después de esto, me quité un poco de autoestigma en cuanto a mis relaciones de pareja y empecé a tener deseo de querer y ser querida en este tipo de intimidad, tras habérmelo negado durante algunos años.

Sin embargo, ahora que soy la pareja de alguien, sigo sintiendo esa sensación molesta de que yo, por sentir de una forma tan intensa, no puedo dar estabilidad a alguien en un tipo de relación así. Me asusta muchas veces y otras muchas más aparece mi autoestigma, ese que me dice que “no te mereces ser querida”, el de “quién puede quererme así”. Quizás suene autocompasivo, pero la verdad es que no lo vivo tanto de esa manera, lo vivo como “esa persona no debería estar conmigo porque no soy capaz de proporcionarle una estabilidad emocional que a veces me cuesta incluso tener yo misma”. Ese es el miedo. El de “no ser capaz de”, el de esa persona “debería estar con alguien que no tenga picos y bajadas de energía”. Pienso mucho en ello, pienso en ello sobre todo cuando estoy en una bajada. Estar en los picos a veces me ciega, a veces me mueve de mis ejes, me hace perder de vista que yo importo, que tengo que cuidarme, que tengo que aceptarme, que tengo que ir a la raíz de lo que me está pasando para volver a equilibrarme. A veces los picos se convierten en maneras de perderme de vista, de disociarme de aquellas cosas que me son más conflictivas. Es como escalar, pero no hay cima a la que llegar, sólo agotamiento, el propio y el que le pueda generar a aquella persona que comparta ese tipo de intimidad conmigo.

Creo que siempre tuve miedo de ser una carga, pero tras los diagnósticos ese miedo creció tanto que a veces cuando no me siento bien o algo no me gusta del todo, lo callo y lo encierro hasta que estalla y lo impregna todo. Entonces, en esos momentos, aparece un gran sentimiento de culpa y pienso “de verdad, no mereces ser querida” y ahí me doy cuenta de que todavía sigo teniendo autoestigma. A veces, tras todo el trabajo personal que hago, me sigo sintiendo culpable por sentir tan intensamente, por no poder ser ese punto de “estabilidad”. Pero también diré otra cosa, empiezo a creer que la estabilidad emocional no es eso que siempre nos han vendido, que quizás cada uno tiene el poder de crear su propia noción de lo que es ser estable, quizás a veces para estabilizarse es necesario hurgar tan adentro que las cosas, inevitablemente, se nos mueven. Y entonces, esto sí lo diré con un poco más de orgullo, quien no entienda eso, no lo quiero en mi vida. Porque yo también, loca o no, merezco ser querida, merezco ser cuidada, merezco ser acompañada.

Sharon Leones López