Ilustración © Cristina Méndez

No sabría decir cuándo empezó todo. Siempre me decían que era demasiado sensible. ¿Qué es ser demasiado sensible? ¿Hay algo para medir la sensibilidad? ¿Hay una sensibilidad estándar y, más allá, algo no va bien? ¿Hasta dónde la sociedad nos quiere encorsetadas? ¿Hasta dónde demostrar sentimientos? ¿Hasta dónde sentirnos heridas? Y, sobre todo, ¿hasta dónde ser el mismo modelo de mujer estandarizado?

Soy de una generación que no iba al psicólogo, todo estaba bien y, si no estaba bien, tenía que estarlo. Yo sólo sé que, con veintiún años, y teniendo como detonante los celos de quién yo pensaba era una gran amiga, me intenté suicidar por primera vez. Sólo recuerdo el Valium que no me hacía efecto y ningún tratamiento posterior. Me daba la sensación de que un velo tenía que cubrir aquel episodio de mi vida.

Pero yo no era diferente. ¿Realmente no necesitaba ayuda? Posiblemente lo que más necesitaba era hablar y quererme a mí misma, lejos de las directrices de esta sociedad en la cual todavía vivimos bajo una dictadura de lo que se supone que tenemos que ser, decir, actuar de una determinada manera.

Pero yo era pez de nadar a contracorriente. Me gustaba saber más, no me gustaron las discotecas hasta pasados los veinte, mi mundo eran los libros, pintar, escribir, la música e ir los fines de semana con mi padre a todo lo que fuera Barça. Fui Punk y de extrema izquierda. Ya no llevo cresta, pero esta sociedad sigue sin gustarme y no creo en los políticos. Hoy creo que soy el resultado de un proceso dentro de mí de crecimiento al cual intento no dejar entrar demasiado el ruido de fuera.

He vivido una vida muy, muy intensa con más de treinta mudanzas, viviendo en otras comunidades autónomas por trabajo o pareja. He reído y llorado mucho. Y a pesar de más intentos de suicidio los últimos años, ahora sé que no la cambiaría por ninguna otra. ¿La diferencia? Ahora me quiero. ¿Quién me ha ayudado en este proceso? Quizás la psicología un poco, saberme querida por mi entorno, pero por encima de todo, el largo camino de quererme a mí misma, y este es un recorrido que tenemos que hacer nosotras solas.

Como mujer, sufrí maltrato psicológico que, a pesar de mi personalidad, me anuló. Ahora miro atrás y me quedo con lo positivo, gracias a esto, me quiero más y soy mi prioridad.

Estimadas mujeres, no tenemos que ser un estereotipo, tenemos que ser nosotras mismas, sin vivir bajo el látigo machacante de lo que supuestamente tenemos que ser. No tenemos que ser perfectas, queremos ser felices y así seremos nuestra mejor versión. Si me quiero, me cuido porque me quiero a mí misma. Tengo cuidado de lo que como porque amo a mi cuerpo, que me mantiene viva. Hago yoga o deporte porque quiero sentirme mejor conmigo, más ágil, más flexible. No tengo que ser la mejor madre, ni la pareja del año, ni la mejor en el trabajo, elijo ser feliz en cualquiera de estos ámbitos porque escojo esta opción, y me equivocaré porque no soy perfecta y después reiré.

Sí, todavía tengo días malos, es parte del hecho de estar viva. Pero soy la protagonista de mi vida, no la dejo en manos de nadie. Piensa que tú, mujer, eres única y un milagro de vida, nadie ni nada se merece tu sufrimiento, ya es hora de cambiar el sufrimiento por la alegría, la que está en pequeños momentos de vida, día a día. No hacen falta grandes fechas ni acontecimientos. Mírate por la mañana en el espejo y regalate una sonrisa, porque te amas, yo incluso en los peores días lo hago.

Núria Navarro