Il·lustració © Jordi Serra

«Sé que puedo volver a recaer y leyéndome sabré que, dejándome ayudar, podré volver a levantarme» | Leah Kelley

Así es como una suele hablar de ella, la depresión. Ésta, pero, tiene un nombre concreto y muy descriptivo: depresión. Tristeza, dolor, anorexia, llantos, insomnio, pensamientos negativos, desaliento, nerviosismo. Incapacitada para vivir el día a día con cierta normalidad. Falta de atención y apatía. Mucha apatía.

Así es tal y como he vivido y convivido durante meses. Unos meses que me han hecho estar apartada del mundo laboral y, de alguna manera, de mi propio mundo. Apartada, a pesar de que en ningún momento he estado sola. Porque, a pesar de todo el sufrimiento, soy consciente de la suerte que he tenido. En todo momento he sido acompañada y protegida por mis cuatro hermanas y tres hermanos. Por mi padre que, a pesar de su delicado estado de salud, siempre ha encontrado la energía necesaria para compartirla conmigo. Conversando con él he aprendido a tomar perspectiva. Toni, y nuestros dos hijos, en Gil y en Pol, me han aportado la confianza que yo había perdido. Han estado a mi lado de manera incondicional. También he podido apoyarme con Meri, Sandra y Anna, amigas que me han dado la mano mientras transitaba por estos caminos entristecidos. Es emocionante cerrar los ojos y ver que, de estos meses tan oscuros, el amor de aquellas personas que quieres y te quieren, era más claro que nunca.

También he necesitado la ayuda de una psicóloga, Lola, y un psiquiatra, Santi, que han formado un equipo imprescindible para la recuperación que ahora siento más cerca que nunca.

No sabes ni cómo, toda la vida te tambalea. Miras atrás, y sólo te sale llorar. Miras adelante, y sólo quieres parar. Dejar de sufrir. Despacio vas percibiendo como aquella balanza interior que nos ayuda a andar, se desequilibra hasta hacerte caer. Y cuanto más lo percibes, más tambaleas y más veces caes. Y menos puedes levantarte. Hasta que sientes la necesidad vital de pararte y escucharte. De llenarte, de nuevo, y vivir plenamente este precioso regalo que decimos vida. «Tu lugar solo tú puedes llenarlo», escribía Miquel Martí i Pol, pero necesitas mucha ayuda para poderlo hacer.

Así que te paras y te escuchas. Y, sobre todo, te hacen escuchar. Profesionales y personas queridas te ayudan a seguir un tratamiento, unas pautas, para llenarte el vacío de los últimos meses. Te ayudan a levantarte cada día. Te hacen vestir, comer y dormir. Y a pesar de ser un proceso doloroso, por una misma, pero también mucho por el entorno, víctima de tu tristeza y apatía, sientes como te continúan queriendo. Todo el dolor que vives es contrarrestado por una empatía preciosa, que en lugar de juzgarte te acompaña. Reflexionas sobre el tiempo, y cómo el sistema económico lo ha convertido en un tipo de presión constante en lugar de hacer espacio para el crecimiento y desarrollo humano, personal y colectivo. Y te sientes muy dependiente y, a la vez, esto te humaniza. Tú también has cuidado, te dices. Déjate cuidar, te repites. Date tiempo. Y sientes cómo los tuyos te continúan protegiendo, y cuidando. Y sientes cómo aquella frialdad que te había apartado de todo se puede revertir. Sientes cómo todo aquello que te había aportado la vida, que ha estado tanto, ahora te está devolviendo a la vida.

Ahora me siento mejor, en fase de recuperación y reencuentro. Todavía es temprano para vivir todo esto como algo pasado. Y es probable que todo este sentir me acompañe por siempre jamás. Es probable que como todo aquello que vivimos, quede resguardado dentro de mí. Pero empiezo a encontrarme mejor. A percibir cómo lleno mi lugar. Y escribo estas palabras para ayudarme, y ayudar a quien se pueda encontrar en una situación similar. Sé que puedo volver a recaer y leyéndome sabré que, dejándome ayudar, podré volver a levantarme. También escribo para empezar aquel proceso tan bonito, de quedarse siempre con las cosas bonitas de todo lo que nos pasa. Porque de la depresión, también he vivido cosas buenas. Cosas que he intentado compartir con este escrito.

Raquel Coma Roura