Il·lustració © Josep Lluís Codina

Ilustración © Josep Lluís Codina

Las personas que más han contribuido a empoderarme son mis padres Lluís y Rosa. Lluís, ahora a sus ochenta y cinco años, es una persona entrañable que se hace querer por su familia y los amigos. Sus dos hijos, mi hermana y yo, estamos orgullosos de él. Mi madre, que ya no está, fue la persona que más me ayudó a ser quien soy. Si no fuera por ellos dos yo no habría hecho lo que he hecho, ni llegado donde he llegado, aunque todavía tengo recorrido por delante en mi vida.

Las personas, ajenas a mi familia, que más han contribuido a empoderarme son diversas, si bien hay unas que me han ayudado más que otras. “Activistas de salud mental en primera persona” nos gusta llamarnos a algunos. Conocernos personalmente y virtualmente ha significado un salto cualitativo en mi vida. Los y las activistas, personas de gran talla humana que me han transmitido valores, cualidades y sentimientos más allá del activismo. Centrándome en el activismo, me he sentido siempre muy apoyado por mucha gente. Siempre he tenido detractores, pero mínimos, porque cuando uno trabaja la salud mental desde la perspectiva activista y trabaja cada día voluntariamente haciendo una y mil tareas en favor del colectivo o por los iguales, cualquier reproche está fuera de lugar. No hay confrontación posible cuando buscas tu bien y el de la gente que quieres. Se me puede reprochar la pereza, que no lo haga bien, que me equivoque, que no vea mi equivocación, que dude de mí mismo y de los demás, que mi inseguridad y la de los demás nos impida avanzar correctamente. Pero no se me puede reprochar la motivación y la actitud de salir adelante con los propósitos. No se me puede reprochar la voluntariedad de mi trabajo, o de mi intención de ayudar. No se me puede reprochar la buena voluntad. Cualquier hecho que no se avenga con esas intenciones o la buena voluntad de ayudar puede ser juzgado en clave de que no se corresponde mi aportación, o que me estoy equivocando, o que no puedo ayudar, aunque se valore mi voluntad, pero no tengo los conocimientos suficientes para el cometido de ayudar.

Empoderarme me ha conllevado toda una serie de actitudes y motivaciones que van más allá del compromiso. Me ha requerido una voluntad enorme, y un amor esencial por el tema que trabajo, y por la gente que me rodea, y que me quiere y que sabe de mí y quiere estar conmigo. El empoderamiento que tomo cuando trabajo y cuando me es reconocido, otorgado o ganado debo gestionarlo responsablemente. No puedo hacer cualquier cosa con el poder. Debo tener cuidado con lo que digo y lo que hago. Debo estar en sintonía con la gente, y la gente siempre me puede recriminar mi visión de las cosas, que mi opinión no concuerde con ellos o ellas, o que estoy actuando mal a la vista de los más exigentes. Empoderarme me pide un nivel de autoexigencia considerable, que puede pasar factura con el tiempo, y quemarme, hacia el abandono de las responsabilidades. He conocido, ciertamente, personas empoderadas por méritos propios que son capaces de dar lecciones de cordialidad y buenas maneras, porque empoderarse en el mundo de la salud mental implica hacer unos esfuerzos de empatía, asertividad y feedback que trascienden lo ordinario. Tratamos con personas, sin pretender que sean una mercancía, sino voluntades individuales que buscan el bienestar por encima de todo, y el trabajo con sentido para verter a la sociedad todo lo bien que a las personas con trastorno mental nos es negado a menudo.

En el proceso de empoderarme, que no ha sido sencillo, me he llevado un montón de broncas y me he llevado a casa mil y un dolores de cabeza que no me han dejado descansar tranquilo. Soy una persona susceptible de ser señalada, una y mil veces, por ser la responsable de tal y cual error, cuando mi voluntad de resolver los problemas se ha visto intercedida por problemas ajenos al activismo o a la entidad que he representado. Esto tiene consecuencias a la larga, cuando he visto que todos los valores que intento transmitir se han visto cuestionados ​​una y otra vez, sin tener un poco de paciencia. Entonces hay falta de asertividad y de empatía. Hay muchas carencias en nuestro colectivo, pero la que más me duele es la falta de asertividad y la falta de conciencia y conocimiento de lo que se está haciendo colectivamente. No es sino por la insistencia y persistencia de muchos activistas como nosotras, que queremos transmitir asertivamente nuestro pensamiento, que la asociación no sería viable, ni su misión y valores completados. Le debemos mucho al activismo y gente empoderada de verdad. Sin esta palestra, a mí no se me escucharía, y mucha gente se quedaría sin voz. Hay que empoderarse y tomar el timón del barco para alcanzar metas que nos conduzcan a más altos niveles de humanidad.

No es sino por las actitudes encomiables de muchísimos activistas en salud mental que he conocido a lo largo de mi trayectoria, que yo no sería quien soy, y no estaría tan agradecido a estas personas. Hago una reverencia a estas humildes personas, dotadas de una gran humanidad y capacidad de comprensión del medio en el que viven, porque saben transmitir a los demás la pasión por el activismo, y la pasión por los principios de una gestión transparente y querida por mucha gente. Se me hace difícil encontrar más palabras que eleven moralmente estas personas, a menudo anónimas, o sin pretensiones de destacar por encima del resto. Empoderarse, en mi opinión, no significa convertirse en famoso o ser el más popular, sino que significa tomar las riendas de tu vida, actuar con responsabilidad y con vistas a conseguir unos objetivos muy nobles y utópicos que nos hacen seguir en el activismo, buscando respuestas a los problemas más complicados que lleva consigo el mundo de la salud mental. Nada fáciles de asumir por unos, y nada difícil de entender que hay mucha voluntad, esperanza y trabajo duro y angustioso muchas veces, que redundará en beneficios para uno mismo y para todo el colectivo.

Dani Ferrer Teruel