Ilustración © Jordi Serra

Últimamente me pregunto cuántas veces he traspasado los límites de mi salud mental haciendo cosas que me restaban más de lo que me daban (sin hablar materialmente). Esto me llevó a pensar en por qué a veces puede resultar más fácil cuidar de nuestra salud física que no de nuestra salud mental. ¿Por qué se nos cuestiona más cuando decidimos cuidar de nuestra salud emocional y no cuando decidimos hacerlo con nuestra salud física?

A veces me he sentido como una persona caprichosa o una persona débil cuando he decidido anteponer mi salud emocional a situaciones estresantes como podría ser un trabajo o en épocas de exámenes y entregas en la universidad. Tomar esas decisiones también me llega a hacer sentir sola, como si estuviera comportándome de una forma en la que no debería, como si estuviera haciendo algo que no debo, como cuando uno descubre algo y sabe que no debería de haberlo descubierto, porque ¿y ahora que lo he descubierto qué voy a hacer con eso? No sé si me explico. Puede ser que no, porque la verdad es que es confuso hasta para mí. Lo que quiero decir es: ¿cómo puedo ignorar mi salud mental ahora que he descubierto lo importante que es para mí? ¿Cómo puedo “atentar” contra mi salud mental con todo el trabajo y esfuerzo que me ha llevado empezar a tener cierto bienestar emocional? ¿Cómo puedo dejar de tener bienestar emocional y seguir estando bien? Ir en contra de esto me hace sentir realmente mal. Me provoca un malestar doble: el de hacer algo que sé que no quiero hacer y hacerlo en sí me termina llevando a sentir ansiedad y a tener rachas de llantos desesperantes. Me provoca angustia autocuestionarme cuando se trata de cuidar de mi salud mental. Es como si se tambaleara todo.

Me pregunto por qué nos exponemos a situaciones estresantes emocionalmente sabiendo lo que nos va a comportar y no me refiero a situaciones de “necesidad”, aunque ¿qué clase de sistema es ese que nos empuja a sobrepasar nuestros límites de salud? Es un sistema que mide la producción desde lo material, donde lo productivo es lo “bueno” y cualquier clase de trabajo que no produzca nada material o beneficioso para el sistema económico es “menos”, no es “de verdad” y así. Cuando no nos sentimos bien con ese sistema, con esa manera de hacer, cuando no nos adaptamos por alguna razón, el problema se termina individualizando. Y es así como en algún punto se nos juzga como personas vagas a todos los que no hemos querido/podido seguir ese ritmo frenético productivo. Pero no es nuestro el problema, no enfermamos solos, todo nuestro entorno condiciona para mejor o peor nuestra salud.

Aún no sé bien cómo seguir ese camino que sea más fiel a mis ritmos, aún no sé si lo estoy haciendo bien, aún siento una presión sistémica encima por no ser “mejor”, más “productiva”, más “resistente”, menos “caprichosa”, menos “vaga”, menos “sensible”, más “madura”. Esos son una parte de los estereotipos y etiquetas. Estoy intentando desprenderme de ellas.

Sharon Leones López