Il·lustració © Urco (Josep Durán)

La verdad es que este es un debate que no me había planteado hasta ahora. No recuerdo cuando, personalmente, dejé de considerar y decir que me han diagnosticado o sufro un trastorno bipolar y empecé a considerar que era bipolar, con toda la rabia y el orgullo, el sufrimiento y la felicidad, el dolor y el placer, la depresión y la euforia que para mí supuso asumir que lo era. Lo haría con la misma naturalidad que acepto ser madre, mujer, campesina, carnicera, de pueblo, con toda la dignidad con que intento vivir todo lo que me ha tocado ser en el espacio y el tiempo donde me ha tocado estar.

Pero a raíz de participar, debido al confinamiento, en espacios de activismo para la salud mental, es un debate que se me ha planteado y finalmente lo he decidido asumir.

Pasados los veintinueve años, después de dos años del aborto de la o del que habría sido mi tercer hijo o hija, sobreviví a mi primer intento de suicidio. Dos días después, me diagnosticaron un trastorno bipolar. Siempre he considerado que muy acertadamente; en cambio, no han sido tan acertados muchos de los tratamientos a los que me he sometido “voluntariamente”. Cuando te encuentras muy mal, haces lo que sea para intentar mejorar, aunque estos tratamientos comporten beneficios más que discutibles y efectos secundarios muy perjudiciales.

Hace cuatro años, por una enfermedad física, de aquellas que afectan al cuerpo, de las que, a través de análisis, TACS, ecografías…, se pueden ver, me diagnosticaron una estenosis traqueal. No sucede lo mismo con el trastorno que hace veinte años que sufro y que me afecta a todo aquello que todos sabemos que tenemos: emociones, ideas, sentimientos, pensamientos, pero que no podemos detectar, ni ver, ni analizar y que a menudo incluso me faltan palabras para explicar.

Como os decía, me diagnosticaron una estenosis traqueal que se complicó muchísimo. Estuve dos meses y medio en el hospital. Me tuvieron que operar seis veces. La quinta operación estuve en coma durante catorce días. En esas dos semanas me pasaron muchas cosas que serían muy largas de explicar. Os explicaré una. Tengo plena conciencia de que durante unos días quería marchar como en mis intentos de suicidio; quería dejar de ser y quería dejar de estar viva. Según los médicos, estuve muy a punto de conseguirlo. Viví un sueño donde debía salvar a mi hija.

Suplicaba a los médicos que no hicieran nada para que volviera a la vida, los perseguía por los pasillos y las escaleras de todo el Hospital Doctor Trueta de Girona. Era un sueño. No me movía de aquella cama de la UCI, pero lo recuerdo tan real como que ahora estoy delante del ordenador escribiendo este artículo. Fue cuando en ese sueño murió aquella hija, una hija que, como mi trastorno mental, un día existió dentro de mí, pero que nunca llegué a ver, y por la que hasta entonces nunca había llorado, que empecé a luchar con todas mis fuerzas para volver. Os aseguro que no fue nada fácil emprender el camino de vuelta.

Lo más importante es que ahora estoy y soy aquí por amor, porque las personas que quiero son y están aquí y es en esta realidad que comparto con todos vosotros dónde quiero ser y estar. No tengo ni la más mínima idea si un día seré otra cosa y/o estaré en otro lugar, o si simplemente desapareceré y todo habrá acabado. Cuando llegue el momento aceptaré humildemente mi destino, sea el que sea.

Yo, mientras tanto, sigo disfrutando de esta oportunidad que me ha dado la vida. Estoy aquí, estoy viva, soy el resultado de todo lo que he sido y he estado hasta ahora: mujer, madre, hija, compañera, aprendiz, campesina, carnicera…, por cierto, también sigo siendo o estando…bipolar. ¡Salud!

Alba Muntadas Corcoy