Ilustración © Montse Gasol

 

En marzo del 2020 se declaró el estado de alarma en territorio nacional. Se nos pidió que nos quedáramos dentro de “casa” el máximo tiempo posible. Que sólo saliéramos a la calle para hacer aquellas gestiones imprescindibles, como comprar comida, tirar la basura, en algunos casos ir al trabajo…

Justo ahora hará un año entero que se nos pide que llevemos puesta una mascarilla, que nos mantengamos alejadas del resto de personas con quienes no convivimos, en un metro y medio… Que no abracemos a las amistades, que no visitemos a la familia, que las criaturas no puedan jugar juntas, que no acompañemos al médico al compañero o la compañera, así vaya a recibir un diagnóstico al oncológico; que dejemos solas a las personas queridas si les hace falta un ingreso hospitalario… a pesar de ser conscientes que quizás no las volveremos a ver nunca más.

Se nos pide que nos cuidemos y que cuidemos, y estos conceptos nos llegan engendrados en entornos hostiles, que hacen que ahora el tomar y tomarnos cuidados los sentimos impuestos para proteger algo que, ya hace demasiado tiempo, ha acontecido inhóspito. La vida.

Tápate que pasarás frío. Acábate la comida del plato. Te has engordado. Recoge la habitación. ¿Dónde vas así vestida? No seas grosera. No me gustan estas amistades. ¿Has llegado bien? Maquíllate. ¿Dónde vas con estos pelos? ¡Cómo tienes la casa! Si coges la baja te despedirán. ¿Que tienes la regla? Ya no tendrás más hijos, ¿verdad? ¡Qué valiente!

¿Cómo nos articulamos para sobrevivir incorporando conceptos como cuidarse, proteger y defender, en un entorno comunitario que no tiene consensuados los límites entre uno y otro y a menudo los confunde y/o fusiona? En el que, por el hecho de nacer hembras, nos atraviesan violencias indefendibles, asociadas inevitablemente a habitar una forma de cuerpo concreta, ¿qué confundimos con cuidarnos y cuidar?

Nos atraviesan como lo hacen todavía los pendientes al nacer, igual que lo hace la necesidad protectora de doblarnos hacia la exigencia de atrincherarnos en una imagen corporal normativa, que incluye no sólo un estándar de forma corporal (que cambia según las épocas), sino también estilos de movimientos del cuerpo que son o no son normativos del género, la apropiación de los colores, de los gustos en el disfrutar, de profesiones, de estilos de vida, de tipo de familia, e incluso de maneras de enfermar física y mentalmente.

Atravesamientos que precarizan y fagocitan las funciones que se nos adjudican a las mujeres, obligadas a perpetuar un rol social concreto de género de la mano de la conocida sensación de “se tiene que hacer y si no lo hacemos nosotras…”

Convertir la familia en una “institución” ha transformado la “casa” en un espacio político, como lo era y es el cuerpo y, por tanto, difícil de habitar ‘occitocínicamente’, en paz y alegría.

Incorporamos así en el espacio privado los idearios políticos hegemónicos polarizados y mercantilizados. Mujer/hombre, madre/pare, adultez/niñez, conviviente/no conviviente, cuidador/dependiente, quien mantiene/quién es mantenido, familiar/no familiar, dentro/fuera, nosotros/ellas…

El conocido binarismo y la significación del poder excluyente y vertical, que se traduce en pensamientos y acciones presupuestas y actuadas incluso inconscientemente, que nos atraviesan y que inevitablemente nos abocan al conflicto y a la enfermedad y el desequilibrio tanto físico como mental (que yo entiendo indisociables).

Nos atraviesan cuando llevamos la guerra al juego y normalizamos las violencias vertebrándola como (único) contenido lúdico.

Antes jugábamos a tocar y parar y la “casa” era aquello que nos salvaba.

Ahora en vez de ser el hogar-cueva-útero que nos contiene y donde sentirnos seguras, como seres vulnerables y frágiles que también somos, sobre todo cuando nos hace falta contención, como una piel más allá del cuerpo; es un producto de mercado y objeto de consumo (como también lo es el cuerpo), sujeto y condicionado a un sistema que considera que lo que hay que proteger es el “capital”, del que se apoderan y desvinculan de la vida, volviéndolo aparentemente invulnerable y por tanto siempre ganador en la propuesta de oxímoron “capital humano”.

Quizás podemos plantearnos si los recursos con los cuales se ha producido este capital nos pertenecen realmente a todas, puesto que provienen de la Tierra de la que todas somos habitantes y, por tanto, hace falta que gestionemos conjuntamente.

Capital que ahora parece pertenecer a una “tribu” de la que parece no formamos parte la mayoría (al menos no en igualdad de derechos y oportunidades) y que no duda en vulnerar/ invadir /atravesar las membranas que haga falta para autopreservarse.

Tanto es así que cuando llega el momento de encontrarnos necesitando un espacio útero-cueva-hogar para dar a luz, la mayoría elegimos parir en otra institución llamada hospital, a la que perversamente hemos asimilado con el hogar, olvidando su “vital” inherente, de responder a las leyes de la selva-mercado.

Demasiada tensión adrenalínica no hace “casa” finalmente en ninguna parte. Podremos tener techo, pero hemos perdido el hogar. Y siento que ya no nos apetece volver a la guerra para reconquistarla. Tanta sangre hemos perdido ya, que husmeamos como un perro husmea cuando hay cerca un hueso, que hay otro camino que la guerra para vivir la vida a la cual tenemos derecho por el sólo hecho de estar vivas.

Esta nueva Vida, la tendremos que co-crear colectiva y comunitariamente, la Tribu Tierra, escuchándonos dentro y escuchando a todas las formas de vida. Abrazándonos frágiles y vulnerables; un espacio lleno de cuerpos, contactos, caricias, miradas tiernas y sonrisas.

También nos auto-atravesamos. Nos auto-invadimos y nos auto-colonizamos a nosotros mismas, nos arrastra la corriente, se nos traga, como la Nada1 se traga el mundo de Fantasía2. Nos lo explican los cuerpos atravesados, en forma de ansiedad, de estrés, de miedo, de culpa y de vergüenza, casi siempre en función del aparente resultado de decisiones que hacemos nuestras, en respuesta al vacío y abandono que sentimos nos rodea, olvidando que no somos las únicas responsables.

Recordamos que siempre está la Nada, y que esta vez tenemos claro que ya se ha tragado al joven indio piel verde, y a su caballo.

Resulta que no había suficiente con cambiar una persona para salvarnos a todas.

Tal como hace falta toda una tribu para cuidar de un bebé… cuando el bebé crece también le hace falta toda una tribu… nunca nos deja de hacer falta. Pero esta vez hay que sabernos parte de la Tribu Tierra (de momento y hasta que no sepamos si nos acompañan desde las estrellas).

Hace falta que despertemos colectivamente, a pesar de que la colectividad, al fin y al cabo, sea el resultado de sumarnos persona a persona y ser a ser.

Hace falta que utilicemos nuestra capacidad creadora, que viene de Fantasía, como símil de una mente sanamente creativa, pero que materialicemos en el mundo a través de nuestro cuerpo y hagamos posible conjuntamente, sumando masculino y femenino. Cuidar la Vida, pasa para procurar y garantizar suficientes espacios útero-cueva-hogar por todas partes, para todas las formas de vida.

Y como la vida, la salud mental también necesita ser gestada, contenida y acompañada por toda la Tribu Tierra.

Ser hogar, ser cueva, acontecer útero de nuestra propia salud mental y de toda la tribu terrestre, sin binarismos, sin exclusiones. Crear espacios-fruto ‘occitocínicos’ donde sentirnos seres y personas más libres, conectadas y vinculadas, y para resignificar los cuidados como aquello que nos mantiene tranquilas, seguras y alegres, todo para mí, sinónimo de una buena salud mental.

Sandra López Barbeiro