Il·lustració © Laia Arque

Últimamente debido al caso mediático de una persona famosa los grandes medios han puesto el foco en el maltrato psicológico, lo están haciendo visible. No es que hasta ahora no existiera antes, o que no causase sufrimiento, angustia, depresión e incluso miles de intentos y cientos de muertes por suicidios, pero lo que no se ve, lo que no se visibiliza, lo que no se conoce, no existe.

Bienvenidos sean el foco. Los problemas que no reconoces, no los solucionas.

Demasiado a menudo ni el maltratador psicológico es consciente del maltrato, ni la víctima se reconoce como maltratada, están tan normalizadas ciertas actitudes, desvalorizaciones, desprecios, que lo que deberían ser señales de alerta pasan totalmente inadvertidas. Ver el maltrato que han sufrido terceros y sus graves consecuencias a menudo hace reflexionar sobre el propio, plantearte si lo que está pasando en tu casa se parece demasiado a lo que explica el otro. Un caso mediático llega a muchas casas y puede concienciar a mucha gente del grave problema que supone para miles de personas, no sólo mujeres, hijos, compañeros de trabajo, de escuela… el maltrato psicológico.

Lo que más me sorprende de este caso es el montón de periodistas que no entiende que su buen amigo, el buen padre, el buen hijo, la buena persona, el buen compañero de trabajo, aquel hombre divertido, alegre, que los invitaba a su casa, con el que salían de fiesta y seguramente les ha ayudado en muchas ocasiones, pueda ser un maltratador.

Quizás la imagen que nos han mostrado en los cuentos de hadas es que quienes secuestran a las princesas intentando encerrarlas en una torre, aislándolas de todos los que las queremos, y de todo aquello que aman para toda la vida, hasta que se mueren o hasta que se tiran por la ventana más alta, son brujas feísimas con un gran lunar en la nariz, o dragones terribles y hoscos, que gritan, se enfadan e intentan quemar a todo el que se atreve a acercarse. Quizás nos imaginamos que a alguien capaz de hacer tal barbaridad lo reconoceremos enseguida por su aspecto o mal carácter.

Pero queridos periodistas, deberíais saber que el maltratador se parece más a un camaleón que cambia de color, de carácter y de comportamiento según el ambiente en que se encuentra. Por eso a menudo es tan difícil de reconocer. Puede ser encantador, amable, trabajador, bajar la basura cada noche a la vecina, dejar dinero a la familia, venir a verte al hospital, adulador con quien admira e incluso estar muy “enamorado” de “su” -porque eres su propiedad- mujer, maltratándola por celos o pensando que le hace un bien porque con sus reproches y desprecios le ayuda a convertirse en la mujer que cree que debe ser, en una mujer mejor. Cuando en realidad la quiere convertir en la mujer que él necesita: sumisa, obediente, aislada de todo y de todos, cegada, que le da la razón en todo, que lo ve a él como el hombre perfecto que sabe que no es. Seguramente si la mujer no quiere salir nunca de la torre, no la maltratará, será tan bueno con ella como es con sus “amigos”, que confían, se lo creen y no le llevan nunca la contraria.

Pero ay, si ella se atreve querer escaparse; ay, si ella deja de ser aquella sumisa enamorada; ay, si lo deja de ver como el más perfecto de los mortales; ay, si le osa contradecir la más mínima opinión; ay, si deja de hacer lo que él quiere que haga; ay, si…

Entonces tu buen amigo, hermano, hijo, padre, vecino, compañero de trabajo… que está en la calle, cuando entre en casa se convertirá en un maltratador.

Entonces tu paciente, aquella que intenta suicidarse, que se autolesiona, que ingresa tan a menudo por ataques de angustia, siempre por las noches cuando él está en casa, que se somete a TECs y no mejora, aquella que cuando después de años de enfermedad finalmente se separa e incomprensiblemente empieza a mejorar, nunca más vuelve a intentar suicidarse, ni vuelve a ingresar por un ataque de angustia, estimado psicólogo o psiquiatra, deberías pensar si es la víctima de un maltratador.

Alba Muntadas Corcoy