Il·lustració © Laia Arque

El día que me propusieron explicar mi “historia de vida” no me pareció un gran reto. Tan sólo tendría que poner un poco de orden a todo ello y explicar lo que me había pasado a mí, parecía fácil. Me hice un tipo de esquema, no ocupaba ni una hoja de libreta, y decidido me planté ante un grupo de profesionales de la salud. Seguí el esquema, no quería saltarme nada, pero a medida que las palabras salían por mi boca, en el momento que aquellos cuatro garabatos adquirían significado dentro de mi cabeza, algo se iba hundiendo y finalmente desencadenó en un mar de lágrimas.

No me avergüenzo, solo faltaría. Pero me parece un pequeño recuerdo que puede ilustrar la dificultad que ha llegado a representar el hecho de “desnudarse” ante la gente. Hablar de “desnudarse” quizás no sería adecuado, me parece que el hecho de sacarme la ropa no me hace sentir tan vulnerable como el de dar a conocer mi mundo interior y las historias que en él habitan.

El hecho que hablar sin tabúes de estos temas no me deje indiferente no es sinónimo de que no quiera o incluso que no me guste hacerlo. Simplemente que no es como hablar del tiempo que hará o de quién ganará el próximo partido. A mí me ha requerido unos cuántos años e incluso ahora todavía encuentro recuerdos que me hacen llorar ante la pantalla del ordenador o descubro algún recuerdo que había escondido inconscientemente muy al fondo de mi “laberinto” mental.

Fue a partir de una dinámica que me pareció encontrar una especie de punto inicial en mi recorrido en la diversidad psicosocial (o como le queráis decir, a mí me encanta como suena el francés “folie”, pero…). Este punto, de hecho, no era un punto, era una escena y tampoco creo que fuera exactamente el inicio de nada, pero cuando me vino a la memoria quedé prendado. La escena estaba situada en el Pinell (un parque colindante del instituto de Tremp), pero no exactamente donde acostumbra a ir la gente, sino al final de todo donde nadie te molesta ni te dice nada. El protagonista (y único personaje de hecho) era yo, como no. Pero mi yo de hace tiempo, el Hug de catorce años, el de la cabellera y cara de confusión. Y lo que sería el attrezzo lo formaban un brik de vino, un libro y un paquete de Ducados (“Nobleza Obliga” que decía un anuncio). Lo que más me turbó de este recuerdo no era todo esto que he comentado, con menos acierto, lo que hacía esta imagen intrigante era la niebla, una niebla espesa que no dejaba ver casi nada y lo humedecía todo.

En resumen, el Hug Roger de catorce años, un brik de vino, “Las flores del mal” y un paquete de Ducados en medio de un parque solitario y nublado a medio invierno. El desenlace no se presenta demasiado esperanzador. De hecho, no hay desenlace, esta escena era bastante habitual, casi diaria. Pero se había esfumado de mi cabeza, no la encontraba, ni la imagen ni las ideas que me daban vuelta por el cabeza en aquella época, se había desvanecido todo completamente.

Hasta el día que participé en aquella dinámica. Lo vi. Vi la escena, como si pudiera volver a estar, con el frío, la humedad y todo ello, las ideas también. En particular una idea, una voz interior que iba repitiendo: “calla, no lo puedes explicar, no lo entenderán”. Y callé, no lo expliqué y no hizo falta que nadie entendiera nada de nada. Desde la distancia temporal veo el error, que una cosa no se exprese no quiere decir que no exista.

Me podéis creer cuando digo que existía, existía y no me abandonaba. Probé de dejarla por el camino, escapándome por toda la geografía catalana, consumiendo todo lo que se me ofrecía (alcohol, tóxicos, sexo, …), trabajando horas y horas, todo sólo para esquivarla, para un día poder parar y que no me atacara aquella idea.

¿Qué puede ser tan terrorífico? ¿Tanto como para estropear un futuro?

Pues nada, nada era tanto como parecía. Lo que me pasaba, lo que me tenía “acojonado” y no podía ni pronunciar era que quería desaparecer. Pensaba (y a veces todavía lo pienso) que no me merecía las cosas, la familia, la vida que estaba viviendo. Me veía como un gran “engaño”, estaba lleno de contradicciones y de historias varias que vivía a solas y que sólo existían para mí. Pero, de hecho, ¿no le pasa a todo el mundo un poco lo mismo? Con más o menos intensidad, muy posiblemente, pero el hecho de preguntarse “¿Qué hago yo aquí?” ¿no es bastante extendido? ¿Qué me hacía o hace diferente?

Parecen preguntas retóricas, pero si alguien las contesta, me hará un gran favor.

Hug Roger Figuera Birbe