Ilustración © Ginesta Tolosa

Ustedes, señores y señoras de las batas blancas, señores y señoras directivos de instituciones de salud mental, señores y señoras investigadores/as, señores/as políticos/as, señores/as profesionales del ámbito de la salud mental… tienen un problema con el Capacitismo. Aquel lenguaje sobrecargado de discapacidad, incapacidad, minusvalía, disminución, etc., que tanto abunda en sus documentos jurídico-administrativos, y que pertenecen a una burocracia elefantiásica, propia de los Estados más complejos de la sociedad occidental. Aquel lenguaje no es sino la constatación del fracaso del Estado de Bienestar, en el que hay gente de primera y segunda clase. No digo ciudadanos porque cuando decimos ciudadanos obviamos a los aldeanos que viven en villas y aldeas más pequeñas y no en ciudades. Y no quiero discriminar a estos habitantes del planeta, que me parece que son discriminados cuando hablamos de ciudadanos. Cuando relleno un formulario y me pregunta: ¿Ciudad? ¿Yo? Yo no vivo en ninguna ciudad, por favor, decid “Localización” o “Ubicación”, ¡no Ciudad!

No existe en el mundo ningún método para medir las capacidades mentales de una persona”. Eso leí en un documento de la Federació Salut Mental Catalunya y Spora Sinergies, en relación a las incapacitaciones judiciales. Si aceptamos esta premisa ¿por qué hay tanta tendencia a confundir las capacidades mentales de una persona con las capacidades jurídicas? En este país estamos en proceso de cambiar leyes en relación a las capacidades jurídicas, el fin de la tutelas, pero con el mal regusto de tener que seguir aguantando y manteniendo el concepto de “curatelas”, porque unos profesionales muy conservadores prefieren redefinir las curatelas y no eliminarlas, cuando la CDPD, a la que está obligada a cumplir España, habla de abolición de las tutelas y curatelas.

La capacidad jurídica, de por sí, en España, la tiene todo el mundo desde el nacimiento. Una cosa muy diferente es la capacidad jurídica para obrar o “capacidad de obrar”, que se adquiere con la mayoría de edad, a los 18 años. La CDPD incide en la capacidad jurídica, pero en el fondo de lo que está hablando es de la capacidad de obrar. Y, en este contexto, las incapacitaciones tienen que ir desapareciendo de nuestros horizontes para siempre desde ahora en adelante. Una barrera social más que tenemos que vencer en nuestro colectivo.

Hace poco asistía a un Webinar sobre la capacidad jurídica universal, donde se hacía referencia a la “muerte civil” que representaban las incapacitaciones judiciales. Tal cual “zombie” se comportan las personas tuteladas bajo el paternalismo institucionalizado y una jerarquía que dan asco y que son generadores de unos estigmas a toda máquina, sin precedentes en toda la historia de la humanidad.

Ojalá el Capacitismo tuviera las horas contadas en este mundo, pero mucho me temo que mientras haya personas que hablen (o que piensen) en términos de “enfermos mentales”, o personas que se reconozcan con esta etiqueta de “enfermos mentales” que tantas hay por estos caminos del Señor… ¡Entonces mucho Capacitismo tendremos que soportar! Y mucho tendremos que luchar para torcer estas visiones tan reduccionistas y empobrecidas de lo que somos las personas con Diversidad Psicosocial.

De la misma forma en la que me quejo de una sociedad fuertemente Capacitista, esta también es Racionalista y Mentalista. Racionalismo y Mentalismo acompañan discursos fuertemente Capacitistas que levantan muros ineludibles y enormes, que separan y encasillan a las personas por sus competencias y capacidades, nunca demostradas que pueden ser cuestionadas. Y que si son cuestionadas no son sino el fruto de estigmas que dan terror por todos los estereotipos y prejuicios que tienen.

Concluyo este artículo diciendo que el problema del Capacitismo se acaba demostrando de qué somos capaces las personas con el diagnóstico de trastorno: dando ejemplo, saliendo del armario y aleccionando a los otros sobre lo que significa estar incapacitado laboralmente, incapacitado judicialmente, con carnet de discapacidad, y con toda la parafernalia de la burocracia en salud mental en contra, que no significan más que barreras sociales de gran carga en la psicología y la emotividad de cada individuo. Son como losas que cargamos en la espalda, y que nos impiden reconocernos como interlocutores sociales y laborales válidos en una sociedad cambiante, diversa y extremadamente compleja.

Dani Ferrer Teruel